Hoja de poesía: En el jardín de los días

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La poesía es una necesidad que surge en el amanecer de la vida y que nos habita en silencio en su plenitud fugitiva. ¿Cómo definir un relámpago? ¿La luz que entra por nuestros ojos? ¿Las cosas que amamos y las que están más allá de la vida? La ciencia señala que para vivir en el mundo hay que comenzar a formular hipótesis que nos permitan descubrir la verdad. ¿Cómo alcanzar la verdad en el trayecto de nuestro propio destino? Por un instante, el amor pareciera ser la respuesta a todas las preguntas que nos hacemos y que otros se han hecho y han dejado sin respuesta. Las cosas, es un decir, retornan a su origen, al corazón. He señalado antes que la poesía es una necesidad y no me he equivocado en lo que he dicho. Para Virginia Aguirre Cabrera, poeta tabasqueña y una de las voces genuinas de la reciente poesía joven mexicana, lo sabe al dedillo. Arde el día y todo se transforma en un acto de purificación: la palabra se renueva como el vuelo que alza el pájaro al alba. El ejercicio poético de Virginia Aguirre Cabrera sigue esta máxima y al hacerlo va nombrando las cosas amadas de la misma forma que lo hace una canción, va describiendo el mundo a partir de lo que sus ojos ven. Sobre la poeta tabasqueña descansa una de las realidades poéticas más importantes del sureste mexicano, la voz de Ciprián Cabrera Jasso. Los puentes sirven para unir y acortar distancias, ese es el objetivo, el puente es el mismo. Entre ambos poetas ese hecho se cumple y no hay destino que modifique ese acto. El que mira al inicio del puente ya vio su reflejo en el agua y se diluyo en silencio como una oración de un rezo antes del amanecer, pareciera que anunciara un nuevo canto y un nuevo rostro. Montecristo los une a estos dos poetas, así como Venecia encantó a Brodsky, a la que volvió un día para quedarse siempre. Porque bien lo señaló el poeta ruso:

 

“Tú sientes la fatiga de la luz que va reposando sobre las fuentes de mármol, mientras la tierra gira y ofrece su otra mejilla al astro. La luz invernal en su expresión auténtica no trae ni calor ni energía…el único deseo de sus partículas consiste en llegar hasta un objeto pequeño o grande para hacerlo visible. La luz de Venecia es particular, es la luz de Giorgionne o la de Bellini, no se trata ni mucho menos de aquella luz del Tieppolo o la del Tintoretto”.

 

La luz de Virginia Aguirre Cabrera es una luz íntima que ha comenzado un ascenso en espiral. Va tocando todo y el orden de las cosas ha recobrado las ausencias perdidas, el mundo es nuevo, el amor perfecto. Su palabra no funda límites, es un sitio donde las estancias del corazón configuran nuestra memoria.

 

Niño con oficio

 

Un niño observa el espectáculo montado en el trapecio. Va y viene ligero, sin nombre sin rostro sin recuerdos. Su existencia es un foco que se enciende en el vuelo acertado calculado y ensayado del trapecio. Los niños crecen y sus pensamientos maduran en la soledad del aire. El aire labra su frente: siembra en ella la primera arruga.

(Inédito)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un mar que lleva tu nombre

II

Tomo café y pienso. Todos los días pienso en ti.

En el océano dulce de tu voz y el ave recluida en la mirada.

 

Mis pies, granos de arena, se mueven sobre la inmensidad

de esta tierra que se cuartea poco a poco.

No sé si cuando se rompa por completo los humanos tocaremos fondo.

No sé si en ese abismo exista el infierno de Dante

o si el infierno es nuestra mente, araña que teje su cárcel día a día.

 

En mi mente están colgadas tus memorias de luces y sombras.

La imagen de incendio bajo un sombrero.

Los pies que contenían bailes del mundo.

El abrazo, remendador del alma.

La soledad, calamar adherido a tu sombra.

 

Insisto en que el dios del tiempo

no los envuelva en humo de olvido;

por eso te escribo y reinvento,

para desviar ese humo que llena de cáncer la memoria.

 

III

Acude a mí un recuerdo en tono sepia;

los recuerdos mutan de forma como las nubes,

nunca conservan su imagen primera.

Son aire caliente que se sueña agua danzante.

 

Aparecemos sentados frente al mar en una playa veracruzana. Tengo diecisiete años y he escrito mi primer poema «de horas, de olas». Llevo mis letras en una hoja arrugada entre las manos, la voz no me sale, siento una bola de fuego llamada vergüenza incendiar mi estómago, pero yo deseo leerte aquel poema. Tomo aire y sazono mi impulso juvenil con el viento de sal. Hablo. Me escuchas. Yo solo escucho el crepitar de mi fuego. Cuando por fin callo, dices: «no ha existido poeta que no le escriba al mar».

 

Yo no sé si llegue a ser poeta, pero le tengo respeto al mar:

dicen que en él habita el origen de la vida.

Le tengo miedo al mar: me paraliza su inmensidad,

mi vista nunca logrará traspasar el horizonte,

mis brazos nunca lograrán sostenerlo en un abrazo.

Me da miedo el mar: su profundidad anega mis sueños

y sin embargo tomo la pluma y escribo,

le escribo a un mar inasible que he bautizado

con tu nombre: Ciprián Cabrera Jasso.

 

V

De repente te desdibujaste,

como se desdibujan los sueños

cuando uno despierta de golpe

y la frente se da contra el muro del mundo.

 

 

IX

Tal vez esta sea mi tercera y última llamada

para escribirte y reinventarte,

porque el tiempo nos come el cuerpo

y a veces las ganas, yo lo sé.

 

Que tal vez debería dejar de sacudir tu recuerdo, no lo sé,

porque es mi deseo escribirte y dedicarte

cada una de mis letras hasta que tu nombre quede tatuado

en la palma de mi mano y después pueda borrarlo

con el filo de mi llanto.

 

A veces para escribirte entro en la escafandra

que tengo guardada en el clóset de mi pecho,

así consigo sumergirme en el mar de tu nombre.

Hay momentos en que mis ojos dicen que ya no estás.

Ya no estás

Ya no estás

Ya no estás

 

Pero estás… en mi pluma, en mis silencios, en tus libros,

en cualquier libro, en una hoja blanca,

en el canto de las aves que emigran sin importar el rumbo,

en el sol que entibia mi cuerpo, en la hoja que sucumbe

desde el almendro y en la luz prestada que proyecta la luna;

a la que tanto le cantaste.

 

Estás en la sal de mar que escoce la herida de estas letras

y en el lenguaje encriptado de un caracol susurrante.

Tu canto canta en mi pecho, Pano, porque soy calandria

imitando el canto primigenio de los hombres.

 

 

 

XIII

Sé que en tu juventud leíste la historia de San Francisco de Asís con fascinación. Supiste que cuando las aspiraciones del monje aún encajaban en el nombre de Giovanni di Pietro Bernardone, sus ojos eran pedazos de carbón sin vida; ascuas tibias que una mañana en guerra contra los germanos ardieron cuando el joven vio al mundo quitarse el velo y mostrarle su cara leprosa, su piel llagada, su cuerpo esquelético que estremeció su alma al escuchar el roce de huesos cubiertos de miseria. Tus ojos de edad juvenil no habían visto catástrofe alguna, pero en aquella vida que hiciste tuya a través de las letras, descubriste el campo de batalla que              florece al interior del hombre. Viste caminar en las calles de Montecristo:

 

cuerpos vacíos y sin sentido,

animales que escondían

el llanto terrorífico entre sus manos.

 

Muchacho, poeta, setecientos años te separaban de la existencia del místico monje y, aun así, San Francisco de Asís tocó el tambor que te llamó a la guerra. Así se encendió la segunda llamada.

 

XIV

Imagino un campo minado

que se extiende al interior del hombre,

es preciso caminarlo con cuidado,

aprender a descifrar sus engaños;

sobre todo, cuando la tristeza en el alma nace callada, sin llanto,

como un recién nacido que abre los labios

y muestra su oquedad en silencio.

 

Detonaste sin querer una bomba, poeta.

Las preguntas y la vida retumbaron en tu pecho:

fuertes, certeras, con eco. Tal vez no te diste cuenta;

la poesía aquel día se instaló en tus ojos

y un poema comenzó a rasgarte el pecho.

Por eso sentiste dolor, ganas de gritar.

Sabías que en este mundo

no hay espacios hechos para gritar;

 

para llorar fieramente, desnudos, sin un nombre

y un rostro que nos contenga; tocar en un violín imaginario

la canción más triste de la tierra hasta cansarnos

de su belleza en tono sepia,

de los sonidos que caen como cascada y anegan el alma.

 

No. No hay espacios hechos para gritar.

Fue cuando saltaste a una hoja en blanco,

y lloraste desnudo en ella.

 

 

XX

Tu madre recoge bugambilias en el patio:

se ríe, las huele, se pinta los labios, se sabe bella.

Se tiende bajo un cielo entintado a colorear sus sueños

e imaginar abedules.

Mientras tú

sentado en la mesa,

moldeas nubes negras a punto de lluvia.

 

XXIV

Nadie te lo dijo.

La mañana que te supiste hombre,

entendiste:

los sueños son de agua

y su vocación de espejo.

 

XXIX

Una mujer entibia su paciencia en la cocina,

tú amenazas desde la alcoba nupcial con arrojarte al vacío,

cruzar el muro infranqueable de la ventana

y no existir más en un cuerpo infestado

de hormigas alcohólicas que invitan a la demencia.

Convives, de una manera atroz y constante, con ellas

desgarran con sus tenazas tu cordura

y encabritan con ponzoña las palabras que resbalan por tu lengua.

 

XXXII

Piensas mucho en tus angustias,

las descubres a las tres de la mañana:

locura del insomnio,

desnudez de dos cuerpos preñados de olvido.

 

Hallas el aliento oceánico del miedo y te ensordece la nada:

estruendo primigenio parido por la noche.

De madrugada eres serpiente enroscada en su cuerpo,

eres el llanto quedo de un niño extraviado

y susurras: «Ciliace, tengo miedo»

he imaginas que la luz existe en algún libro destruido.

 

De nuevo son las tres de la mañana

y vendrán las cuatro y las cinco y las seis.

 

Cuántas horas calcadas…

 

 

XXXVII

Amanece.

La luz es un viejo arcano en tus pupilas:

quisieras atraparla

meterla en un frasco

diseccionarla con el filo de tu aliento

y extraer la palabra que vibra en sus entrañas.

 

No te da miedo penetrar su lenguaje de vibraciones cristalinas.

Tu miedo es no descifrarlo nunca en esta vida,

con este nombre y este cuerpo

que aprisiona tus ansias de ave,

tu esencia de río que fluye hacia mar abierto.

 

 

Semblanza

Virginia María Aguirre Cabrera, tabasqueña de nacimiento. Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Autora del poemario Un mar que lleva tu nombre bajo el sello de la Editorial de la Secretaría de Cultura del Estado de Tabasco. Egresada del diplomado en Literatura Mexicana del Siglo XX impartido por el INBAL y del diplomado en Creación Literaria por la Escuela de Escritores José Gorostiza. Ha publicado poema, cuento, ensayo y entrevista de semblanza en los Diarios Presente, Novedades de Tabasco y en la revista de expresión universitaria Signos; fue colaboradora en el suplemento cultural de la Universidad de Colima con la columna literaria Tópico húmedo. Becaria en el año 2019 del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) en la categoría de joven creador.

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